Una mujer en la prisión

Tímida y valientemente empiezan a aparecer relatos personales y testimonios políticos del trágico y sangriento periodo de la dictadura garcíamecista de 1980. Este mes de julio se recuerda 41 años del destierro de miles de compatriotas bolivianos, hacia diversos países solidarios que extendieron sus brazos a quienes escaparon de la tortura, encarcelamiento y asesinatos. La prensa boliviana en esa época, silenciada y censurada por la dictadura, no escribía sobre la tortura ni de los encarcelados. Una especie de cadena clandestina de documentos y cartas informativas daban cuenta de los perseguidos. Aquí transcribimos el testimonio de Rebeca Bustamante publicada en la Revista Teórica Mensual Publicada por el Comité Central del Partido Obrero Revolucionario (POR), número 7, enero 1981, enviada a nuestro portal en días pasados.



A más de cuatro meses del trágico 17 de julio es posible relatar con más serenidad, aunque con menos detalle la experiencia vivida. Posiblemente si este relato hubiera sido escrito al instante mismo de salir en libertad hubiera carecido del suficiente análisis y hubiera estado, además plagado de emotividad. Esto está bien cuando solo la intención es extraer las lecciones y consecuencias, pero no cuando la intención es extraer las lecciones y consecuencias políticas de lo sucedido.

En un mes de confusión y en medio de la nerviosidad propia de los primeros momentos de sangre fui hecha prisionera la primera vez, había pasado sólo un día del asalto a la COB y centenares de personas eran conducidas al Estado Mayor de Ejército, unas para permanecer prisioneras por mucho tiempo, las más para “colaborar” con información al servicio de inteligencia. Ni bien arribamos al cuartel de Miraflores me tocó presenciar el maltrato abusivo de jovenzuelos que habían estado participando en las barricadas de los barrios populares en contra del golpe militar; los muchachos eran mantenidos de cuclillas y pateados con violencia una y otra vez por agentes civiles y militares; en otra habitación se escuchaba el llanto convulsionado de mujeres que aseguraban no tener nada que ver con política. La represión había conducido indiscriminadamente a amas de casa, estudiantes campesinos, etc. A las celdas del CIE con el objeto de descubrir el paradero de “peligrosos” líderes políticos y sindicales.

Después de intentar presionarme para que confesara mi militancia política, los agentes me amenazaron con la violación diciendo que de inmediato llevarían a mi celda a 8 soldados, al darse cuenta que aún me mantenía serena uno de los civiles acercó un puñal a mi pecho (esto después de que los otros abandonaron la celda y cerrando la misma con llave) exigiéndome me quitara la ropa y preguntándome si realmente era soltera. Afirmaba que no me iría de allí sin que el lo comprobare. Aunque muchas veces había escuchado de este tipo de proceder no extraño en los lacayos del fascismo, una gran angustia se apoderó de mí y no pude emitir ni un grito, con el puñal todavía en mi pecho y con mirada enfermiza el individuo me forzó y después de conseguir su objetivo me trató de falsa y mentirosa porque no había dicho la verdad.

-Con que soltera no? ¡puta! Ahora confesa no más si eres del PS-1 o del MIR.
A pesar de todo yo mantuve mi serenidad y me condujeron nuevamente a la planta baja donde se encontraban elaborando mi ficha. A los cinco minutos me trasladaron al DOP diciendo que era una extremista del ELN. Allí encontré a varias prisioneras que relataron como había sido empujadas sobre el estiércol en las caballerizas de Miraflores y despojadas de sus relojes y pequeñas joyas, después de haber permanecido toda la noche sin zapatos y de cuclillas fueron también conducidas al DOP. La mayoría habían sido tomadas el día mismo del golpe.

Algunas fuimos liberadas dos días después de un nuevo interrogatorio se nos obligó a firmar un documento en el que se afirmaba haber recibido buen trato.
El golpe había sido preparado con mucho cuidado, todas las personas comprometidas con el nuevo gobierno lucían coloridos brazaletes con la leyenda “Bolivia Nacionalista” y comentaban orgullosos en los pasillos que habían evitado la subida del comunismo foráneo y ateo. En nombre de la religión y de la patria se había consumado una nueva masacre contra el pueblo boliviano. Causaba una penosa impresión contemplar a jóvenes cruceños, casi niños, portando armas y amenazando a los prisioneros.

Los siguientes días entraron en escena más y más bandas paramilitares que se ocupaban de allanar domicilios y llevar a las celdas policiales a cuanto sospechoso encontrasen, uno de esos operativos estuvo destinado a conducirme nuevamente a las mismas. Más o menos 10 civiles armados hasta los dientes ingresaron a mi domicilio conduciéndome en vehículo sin placa hasta el Estado Mayor. Ni bien avanzamos pocas cuadras, uno de ellos comentó:
-Ves, ¿hermano?, sin motivo hemos traído a tantos, no ha habido ningún problema.

A cualquiera puede causar asombro que tan fuerte operativo hubiera sido desplegado tan solo para apresar a una mujer. Entonces me di cuenta cuanto temía al gorilismo a quienes eran capaces de manejar las ideas. En ese momento mi pensamiento estaba puesto en la actividad de mis compañeros, que desafiando la violencia fascista seguían trabajando en el seno de las masas, la valentía de los mineros y la seguridad de que en el próximo ascenso el gorilismo sería derrotado y destituido por el gobierno propio de los explotados. Esa certeza me tranquilizó y permitió que permaneciera absolutamente serena durante todos los días de mi detención durante la cual tuve oportunidad de ver a numerosos prisioneros, de conocer el funcionamiento de los organismos represivos y de meditar profundamente sobre nuestro trabajo futuro.

Pasaron varios días hasta que el primer interrogatorio. Decenas de prisioneros seguían llegando a todas horas, la cantidad era tan grande que inclusive tenían que ser colocados en los baños, los gritos de los torturados nos quitaron el sueño y éramos obligados a dormir con la luz encendida, por lo menos dos veces al día se pasaba lista y se preguntaba datos y detalles de la detención. Algunas veces entraba algún capitán, generalmente miembros de la escuela de inteligencia (yo ya estaba en una celda común con otras mujeres) y se ponía a charlar sobre el marxismo, etc. pidiéndonos nuestra opinión, había religiosas a las que las trataba de subversivas y no faltaba el comentario de que al igual que Espinal, estos “curitas” del tercer mundo estaban comprometidos con el comunismo internacional.

El primer interrogatorio duró casi dos horas, además de los consabidos datos me hicieron preguntas sobre “el problema social”, la fuerza e trabajo, la plusvalía, etc. a la par de la constante presión para revelar los nombres de los dirigentes políticos y sindicales de los que se suponía yo tenía conocimiento. Después de la tortura intelectual vino a física, fui trasladada al departamento de tortura conducido por e equipo argentino, donde en medio de chicotazos, agua helada y palabras soeces se me exigía revelara detalles de mi supuesta actividad política. Al no lograr nada hasta ese momento se me amenazó con aplicarme corriente eléctrica, violarme, etc., nuevamente al no dar resultado la tortura física se procedía a la tortura psicológica. En otras habitaciones se escuchaban gritos de una mujer.

-es una roja extremista – comentaba uno de los soldados -está incomunicada.

Esa noche estuve encerrada en una oficina, de tiempo en tiempo se escuchaba alguna explosión, los soldados comentaban “son extremista”. Nunca había estado de acuerdo con el terrorismo individual, pero comprendía que para esos momentos las masas podían usar métodos violentos de rechazo a la junta, todavía algunos brotes de resistencia en las zonas populares se habían mantenido, pero el levantamiento de la huelga general y el bloqueo de caminos había asestado un rudo golpe a la movilización popular.

Se trataba ahora de poner en pie direcciones clandestinas y de organizar a las masas para preparar el próximo enfrentamiento. Pese al paulatino endurecimiento del régimen en ningún momento se dejó de hablar de un contragolpe lo que mostraba que no habían sido limadas todas las asperezas dentro del ejército.

Los prisioneros no podíamos enterarnos de ninguna noticia, tampoco perdíamos mucho al no escuchar la radio, porque el control total de la prensa continuaba, todas las noches los soldados veían la televisión que estaba puesta al máximo volumen y que aumentaba la tortura de nuestro encierro, los prisioneros seguían llegando, unos en movilidades conducidas por los paramilitares, muchos en camiones del ejército, al mismo tiempo centenares de publicaciones eran decomisadas y almacenadas en el Estado Mayor.

Como quiera que los interrogatorios no fueron de la satisfacción de los jefes militares, ellos ordenaron se me trasladara incomunicada a las dependencias del DOP, no sin antes amenazarme con tomar represalias contra mi familia, etc. Poco después ya en días previos a ser liberada se me comunicaría que había sido la intención de los capos de Miraflores enviarme al confinamiento acusada del delito de subversión. La última semana los amigables interrogatorios se sucedieron casi cada día; cuando presa de cierta desesperación pregunté hasta cuando me iban a tener así, se me respondió: - hasta cuando te canses y hables.
Todavía y diariamente seguían multitud de preso, gente de las oficinas públicas, diputados, periodistas, etc. Las denuncias estaban a la orden del día y sobraban quienes entregaban presuntos extremistas a cambio de unos pesos.

Lo último que recuerdo de los días previos a mi libertad es una frase de uno de los agentes civiles del ministerio del interior que afirmaba:
-Este golpe si que lo hemos hecho solitos, si la izquierda se unía cagábamos.
Los militares, pues, FF.AA., ¿si se unían toditos los grupos de izquierda con seguridad que eran mayoría, no?

Un compañero del MIR se hallaba presente, todavía no habíamos podido discutir las necesarias conclusiones de la nueva masacre, pero quedaba en pie la posibilidad de la autocrítica de aquellos elementos que empezaban a comprender los errores de la política electorera y abierto el camino de su acercamiento a las ideas revolucionarias de la clase obrera. La unión posible de la izquierda estaba planteada: integrar el Frente Revolucionario Anti-imperialista, bajo la dirección política del proletariado, la historia confirmaba una vez más el carácter contrarrevolucionario del del frente popular y la inviabilidad de la democracia burguesa.

Rebeca Bustamante

Fuente: Testimonios de la represión en Bolivia. Revista Teórica Mensual Publicada por el CC del P.O.R., número 7, enero 1981.